“Ya
oíste, oh señor de todos los creyentes, cómo caí bajo el influjo
de aquel perro
griego borracho y consumidor de carne de cerdo que se
hacía pasar por filósofo y que
con su palabrería me hizo dudar de
la sabiduría y del poder de Alá -¡alabado sea su
nombre!- y de la
única y verdadera enseñanza de sus profetas -¡bendito sea el
Señor!-
convenciéndome con toda clase de artimañas de que el
hombre tiene libre albedrío y es
capaz de producir el bien o el mal
según su propio juicio y su propia fuerza. Esto es
blasfemia, pues
significaría que la criatura puede sorprender a su creador y que
también
para el Ser Supremo rige el antes y el después, es decir,
que no estaría por encima del
tiempo, sino sometido a él como todo
lo que él ha creado.
Pero
tú, oh señor de todos los creyentes, sabes bien que el hombre en
presencia del
Eterno -¡alabado sea!- no es más que un grano de
arena en el desierto y así como éste es
arrastrado por el viento
de un lado a otro y no puede moverse por sí mismo, así la
voluntad
de Alá -¡su paz sea contigo, señor!- nos mueve a esta o aquella
acción, ya que
por propia decisión no somos capaces de nada. Así
ha sido desde el principio de los
tiempos y así será su fin, pues
sólo él, que está por encima de todos los tiempos, conoce
el
final de las cosas y nuestros más secretos deseos y acciones en todo
detalle y desde
hace eternidades. Por eso escucha, oh señor de
todos los creyentes, cómo la bondad y el
rigor del Todopoderoso
actuaron conmigo para conducirme a la total sumisión a su
santa
voluntad, permitiendo que Iblís, el Mentiroso , me tentara y cegara
durante un
tiempo.
Yo
era entonces un joven en la flor de la edad y lleno de la vana
presunción que el
veneno del griego había destilado en mi corazón.
Creía que mi felicidad y mis riquezas
se debían a mi talento y
saber de comerciante. Perdía mis días en disquisiciones
filosóficas con aquel presunto maestro y amigo, y mis noches en
interminables orgías.
Pensé
que ya no tenía que obedecer el orden revelado por Alá a través de
sus profetas;
abandoné las oraciones y las abluciones prescritas y
fui descuidando todos los demás
mandamientos de nuestra religión.
Por
fin llegué hasta el punto de no cumplir el mes de ayuno, e incluso
comí y bebí todo
el día 27 del Ramadán en el que se celebra el
Lailat al Kadr . Mis criados,
escandalizados por mi proceder y
aterrados ante la desgracia que así atraía sobre mi
casa, huyeron.
Yo me reí de ellos y prometí castigarlos públicamente cuando
regresaran
al día siguiente. Aquella noche me hallaba solo,
borracho y medio adormilado por mis
excesos, por lo que no sé decir
de dónde surgió la bella danzarina que de repente vi en
mi diwan .
No la había llamado y no la conocía. Era como si hubiera tomado
cuerpo de
los dulces efluvios del hachís que brotaban de mi
narguile.
La
muchacha llevaba un vestido suelto de velos negros con hilos de plata
que dejaba
traslucir el brillo ebúrneo de sus bien formados
miembros. Su rostro era como la luna
llena, sus labios competían
con las rosas de Samarcanda. Su pelo, que le caía hasta las
corvas,
tenía el color del plumaje del cuervo y sus manos y pies estaban
enrojecidos de
henna. El perfume que su cuerpo exhalaba era tan
embriagador que pensé tener ante mí
una hurí . Empezó a girar en
su danza y a doblar su delicado cuerpo mientras sus
pulseras de oro
tintineaban y los cascabeles de plata de sus tobillos imitaban el
dulce
cri-cri de los grillos. La acompañaba una música de tan
arrebatador apasionamiento que
no pude contenerme más.
-¿Quién
eres, oh joya exquisita del amor? -exclamé-. Has de pertenecerme
aunque me
cueste todas mis riquezas. Dime lo que deseas.
Me pareció
que de pronto el mundo retenía la respiración y que el tiempo se
paraba. La
bella se acercó, cayó de rodillas ante mí y abrazó
mis pies.
-Oh,
señor -respondió con la voz de una paloma arrulladora-, te
pertenezco sólo a ti.
Haz conmigo como plazca a tu corazón. Pero
antes júrame que obedeces y siempre
obedecerás a tu voluntad y no
a la de otro.
-Te
lo juro por Dios Todopoderoso -dije.
Ella
rió y enarcó asombrada las cejas que recordaban las alas de la
alondra cuando
remonta el vuelo.
-¿Cómo
puedes jurar en ese nombre? -preguntó burlona-. Si él es
todopoderoso, las
cosas suceden según su voluntad y no según la
tuya.
-¡Sutilezas!
-exclamé riendo también-. ¿Es que estoy rodeado de filósofos?
Creí que
tenías algo mejor que ofrecerme, o ¿acaso quieres que
muera de amor?
Quise
atraerla a mi lado sobre los cojines de seda, pero ella se defendió
hábilmente y escapó a mis manos como una serpiente.
-Primero
¡júramelo!
-¿En
nombre de quién o de qué he de jurar para darte gusto?
La
impaciencia me ganaba.
-Júramelo
por la luz de tus ojos -ordenó ella, y en sus labios surgió un
rasgo cruel.
Yo,
enloquecido por saciar mi sed en el pozo de su jardincillo del
paraíso, la obedecí.
Entonces ella fue quitándose velo tras velo
hasta que ninguna parte de su cuerpo blanco
como la leche quedó
escondido a mis miradas. Luego vino, se inclinó sobre mí y su pelo
negro como la noche nos cobijó cual una tienda. Por fin acercó su
rostro al mío y
descubrí que las pupilas de sus ojos eran rendijas
verticales en las que refulgía una luz
verdosa. Cuando abrió los
labios para besarme salió de entre ellos una larga lengua
bífida.
Comprendí que había caído en poder de Iblís y del susto me
desplomé hacia atrás
mientras mi espíritu se oscurecía.
Sentí
que me llevaban por el aire, encima de países y mares. La tierra
desapareció bajo
mi vista y el viaje vertiginoso tomó rumbo al
espacio estelar. También las estrellas
desaparecieron y me hallé
rodeado de oscuridad y vacío.
Estuve
largo tiempo flotando en las tinieblas, más allá de los límites de
la creación. Por
fin percibí una luz verdosa y difuminada, pero
desagradablemente punzante. Reconocí
en ella el mismo brillo de las
pupilas de la danzarina que me había fulminado. Ahora,
sin embargo,
la luz era omnipresente y no pude discernir de dónde procedía.
Cerré los
ojos, ya que me producía dolor. Y así pasó un rato
hasta que reconocí el lugar en que
estaba.
Me
hallaba sobre un lecho circular, en medio de una gigantesca sala,
también circular,
cerrada por una cúpula. No sé cómo describir
la sensación de total y definitivo
abandono que me invadió y
tampoco sé decir a qué características de la arquitectura se
debía esa sensación. El enorme espacio se asemejaba a una mezquita,
o más bien a una
diabólica interpretación de ese espacio sagrado,
pues así como éste está imbuido del
excelso espíritu del Corán
y de sus bienhechores versículos, aquél era el reflejo de
un
universo vacío e inanimado. Los muros eran lisos y blancos, al
igual que la monumental
cúpula y el suelo de mármol. No había
ventanas, pero en el muro que cerraba en amplia
curva la sala se
alineaban múltiples puertas. Todas cerradas.
Entonces
oí una voz incorpórea, parecida al silbido de una serpiente, que me
hablaba
desde múltiples partes:
-Éste,
altivo joven, es el único lugar entre todos los lugares del universo
donde no
alcanza la voluntad de Alá. Así como una diminuta pompa
de aire en la inmensidad del
océano está libre de la húmeda sal,
así este espacio en el que estarás de ahora en
adelante escapa al
poder y al saber del Eterno. Yo, el espíritu de la libertad
absoluta, lo
he creado como templo de la subversión y de la
egolatría. Aprovecha la oportunidad y
muéstrate digno de mi
invitación.
Estas
palabras me espantaron, pues no había caído hasta tal punto bajo el
poder de ese
perro griego como para admitir tales blasfemias. Pero
no me atreví a contestar porque
me aterraba confirmar con el sonido
de mis palabras que había oído realmente aquellas
espantosas
frases. Empezaba a pensar que lo que había escuchado eran mis
propias
ideas.
Te
parecerá comprensible, oh mi señor, que mi primer pensamiento fuera
el de escapar,
abandonar por el camino más rápido tan infausto
sitio. Otro hombre en otro lugar se
hubiera encomendado a la
protección y la ayuda de Alá y él le hubiera guiado según su
voluntad, pero a mí me estaba negado ese refugio. Aquí comenzó mi
desgracia.
Había
muchas puertas para escapar, y eso precisamente me confundía. Si
sólo hubiera
habido una, habría intentado abrirla de inmediato.
Debía existir una razón oculta para
tanta puerta. Tenía la
posibilidad de escoger, pero con cautela, ya que cada una de ellas
podía encerrar una trampa.
-Haces
bien en dudar -dijo la voz incorpórea como si leyera mis
pensamientos-. Podría
ser que detrás de una de las puertas se
oculte un sanguinario león que te destroce, detrás
de otra
florezca un jardín habitado por hadas que te regalarán miles de
caricias
amorosas, que por el contrario detrás de la tercera te
espere un gigantesco esclavo negro
para cortarte la cabeza con una
espada, tras la cuarta te aguarde un abismo en el que
caerás, tras
la quinta una cámara llena de joyas y oro que te pertenecerán, tras
la sexta
un horrible ghul para devorarte, y así sucesivamente. No
digo que sea así, pero podría
ser. En cualquier caso tú elegirás
tu destino. Elige bien.
Sin
abandonar el lecho giré lentamente para estudiar una puerta tras
otra, pero todas
eran iguales, sin ninguna señal que las
diferenciara. Mi corazón vacilaba entre la
angustia y la esperanza
hasta hacerme brotar el sudor en la frente.
¿Podía
confiar en la voz? Tal vez mentía. Además no había dicho que las
cosas fueran
así, sino que podían ser así. Quizá eran diferentes
por completo. Quizá todas las puertas
estaban cerradas, excepto
una, y ésa era la que yo tenía que encontrar. Resultaba
evidente,
por otro lado, que unos ojos invisibles me observaban. Para empezar
debía
descubrir qué puerta me ofrecía la posibilidad de escapar;
luego tendría que aguardar un
momento propicio. Lo más importante
era mantener la calma, me dije. También podía
ser que la única
puerta no cerrada con llave fuera otra cada hora, incluso cada
instante.
Pero
¿quién me decía que sólo se trataba de una puerta? ¿Acaso no era
posible que
estuvieran sin cerrar con llave dos, tres o más
puertas? Por las palabras que había
escuchado no se deducía que yo
fuera un prisionero. Quizá todas las puertas estaban
abiertas y
podía escoger cualquiera de ellas. Sin embargo, ¿por qué había
tantas? Mis
pensamientos giraban en círculo.
Tenía
que hacer algo para cerciorarme. Me levanté del lecho, crucé la
sala y me paré
delante de una de las puertas sin atreverme a
extender la mano hacia el picaporte. Di
unos pasos hasta la próxima,
luego hasta la siguiente y la siguiente. No existía razón
concreta
para preferir una a otra y ante cada una de ellas. Me asaltó por un
instante el
miedo a la posibilidad de elegir la peor. Fui andando de
puerta en puerta hasta dar la
vuelta completa sin llegar a una
decisión.
Me
puse entonces a contar puertas, sin que pudiera decir en qué medida
conocer su
número me ayudaría a salir de mi desesperación. Pronto
tuve que interrumpir el
experimento, ya que al serme imposible
establecer con qué puerta había empezado a
contar ignoraba en cu l
terminar. Se me ocurrió quitarme una de mis zapatillas bordadas
en
oro y dejarla delante de una de las puertas. Recorrí el círculo a
la pata coja y al llegar
de nuevo a mi zapatilla había contado 111
puertas. Me estremecí, pues ahora sabía que
aquél era el lugar de
la locura.
Rápidamente
me calcé, fui al lecho en el centro de la sala, me eché en él y
cerré los ojos
para reflexionar.
Apenas
lo había hecho cuando oí la voz incorpórea:
-Decídete,
porque si no te quedarás aquí para siempre.
No
cabía duda, la única manera de saber algo sobre las puertas
consistía en sonsacar
información a mi invisible carcelero. Había
que proceder con el mayor tacto. Me
incorporé y pregunté con
aparente indiferencia:
-¿Hay
alguien ahí?
-No
-respondió la voz.
Un
largo silencio. La sangre me latía en las sienes, pero seguí
comportándome con
calma. Decidí provocar a mi interlocutor. Al fin
y al cabo había aprendido tanta lógica
con mi maestro griego como
para atreverme a un duelo retórico incluso con el
Archimentiroso.
Me
esforcé por dar firmeza a mi voz:
-¡Qué
tonterías! ¡Seas quien seas, si dices “no” es que eres alguien
y no eres “nadie”!
La
voz respondió inmediatamente:
-Oh
maestro del ingenio, me sumes en la confusión. ¿Puedes demostrar lo
que afirmas?
-¿Para
qué? -repuse-. No se demuestra lo obvio. Nadie no puede decir “no”.
-Si
es como dices -continuó la voz-, ¿sería verdadero lo contrario?
-Claro.
-¿Entonces
afirmas que nadie puede decir “sí”? -preguntó la voz.
-¡No!
-¿No?
-Sí,
es decir, no.
-Vamos
a ver, ¿sí o no? ¿O acaso quieres decir que sí es lo mismo que
no?
-Quiero
decir que nadie, por ser nadie, puede decir sí o no.
-Si
comprendo bien tu conclusión -Contestó la voz-, ¿quieres decir que
sólo alguien, en
la medida en que es alguien, puede decir sí o
no?
-Así
es -dije.
-Bien
-continuó la voz-. Es lo que yo he hecho. He dicho que no. ¿Por
qué, entonces,
insinúas que digo tonterías?
-Porque
-dije ya agotado- nadie puede responder a la pregunta de si ahí hay
alguien con
un “no” sin incurrir en una contradicción.
-Perdona,
oh caudillo de los pensamientos -replicó la voz-, pero ¿no será
que el que se
contradice eres tú? Acabas de explicarme que nadie
puede decir sí o no...
-¡No
dije eso! -grité.
-¿Ah,
no? -preguntó la voz-. ¿Qué dijiste? ¿Qué pretendes demostrar?
Me
tapé los oídos, pero seguía oyendo la voz sibilante que se me
clavaba en el cerebro:
-¿Por
qué dices constantemente lo que no quieres decir? ¿O acaso quieres
decir que no
sabes lo que quieres decir? Por favor, acláralo.
Quizá
te extrañe, oh califa, que mi invisible guardián intentara
confundirme de manera
tan burda. Pero el Malo tiene sus métodos
para tentar al hombre y romper su resistencia.
Uno
de ellos es el del moscón que no hace daño pero que te enloquece
con su
insistencia y vuelve una y otra ve a tu rostro o a tus
manos... y en cada intento de acabar
con él te das una bofetada a
ti mismo.
No
sirvió de nada que escondiera la cabeza debajo del cojín de seda de
mi lecho, no
había manera de acallar la voz. Cuando yo no
respondía, ella repetía su última pregunta
cien o mil veces,
siempre igual, sin énfasis, sin alterar el tono. Y cuando por fin
me
decidía a contestar ella tergiversaba mis palabras -dijera lo
que dijera- hasta que perdían
el sentido y el significado y sólo
eran sonidos vacíos. Entonces las preguntas se
reanudaban.
-Ya
sé lo que pretendes -grité-. Quieres que pierda la razón.
-¿Quién?
-preguntó la voz.
-Tú,
tú, tú -exclamé-. Eres Iblís, el Espíritu del Mal.
-¿De
quién hablas? Aquí no hay nadie, como ya sabes. Yo no existo y te
lo voy a
demostrar. Si yo existiera, se lo debería a la voluntad
del Todopoderoso. Sin embargo él
no puede desear el mal, pues
entonces sería él mismo malvado. Si yo, por otro lado,
existiera
contra su voluntad, él no sería todopoderoso, sino meramente parte
de un todo
y yo sería su contrario. No podríamos existir el uno
sin el otro y, al mismo tiempo, nos
anularíamos el uno al otro. Por
lo tanto, no existimos ni él ni yo.
Esta
vez no me dejé arrastrar a discutir con la voz.
Me
voy.
-No
conseguirás mantenerme prisionero.
-Vete
tranquilamente -dijo-. ¿Qué te hace pensar que deseo retenerte? Hay
muchas
puertas, basta con que elijas una.
-¿No
están cerradas?
-Todavía
no. Es decir, ninguna está cerrada mientras no abras una de ellas.
-¿Y
cuando haya abierto una?
-Entonces
se cerrarán todas las demás al instante. Y no habrá vuelta. Elige
bien.
Reuní
todas mis fuerzas, pues sentía que mi capacidad de decisión se iba
debilitando en
el diálogo con el Invisible. Me arrastré hasta una
de las puertas y fui a coger el
picaporte.
-¡Espera!
-susurró la voz.
-¿Por
qué? -pregunté, y dejé caer la mano asustado.
-Recapacita
bien en lo que vas a hacer. Después será demasiado tarde.
-¿Por
qué no ésta?
-¿Acaso
te la he desaconsejado? Dime primero por qué eliges precisamente
ésa.
-Pero
¿por qué no? -respondí-. ¿Hay alguna razón para no escogerla?
-Eso
debes decidirlo tú.
Dudé.
-Al
ser todas las puertas iguales, da lo mismo por cuál de ellas salga.
-Antes
de abrirlas todas son iguales, pero luego no -contestó la voz.
-Aconséjame
-pedí .
-¿A
quién pides consejo? Descubrirás lo que te espera al otro lado de
la puerta si la
abres. Al mismo tiempo renuncias a saber lo que te
esperaba detrás de las otras puertas,
ya que se cerrarán al
momento. Tienes cierta razón cuando dices que da lo mismo la
puerta
que escojas.
A
punto de romper a llorar grité:
-¿No
hay pues razón alguna para una determinada elección?
-Ninguna
-contestó la voz-, excepto la que tú decidas por tu propia y libre
voluntad.
-¿Cómo
voy a tomar una decisión si no sé adónde me conduce? -exclamé
desesperado.
Se
oyó un murmullo seco, como una carcajada incorpórea.
-¿Lo
has sabido alguna vez? Sí, has creído toda tu vida tener razones
para decidirte por
esto o por aquello, pero en realidad nunca podías
prever si sucedería lo que esperabas.
Tus
sólidas razones no eran más que sueños o elucubraciones. Como si
sobre estas
puertas hubiera pintadas imágenes que te engañaran con
falsas indicaciones. El hombre
es ciego y todas sus acciones son
acciones en la oscuridad. Uno celebra su matrimonio y
no sabe que
dos días más tarde será viudo. Otro quiere ahorcarse acosado por
las penas
y las necesidades y no sabe que la embajada que le
convertirá en un hombre rico ya está
de camino. Uno huye a una
isla desierta para escapar de su asesino y se lo encuentra
allí.
¿Conoces la historia de la herradura que Sherezade le cuenta al
sultán?
-Sí,
la conozco -me apresuré a responder.
-Bien,
por eso se dice que todas las decisiones que toma el hombre están
prefiguradas en
el plan universal de Alá desde el comienzo de los
tiempos. Él -según dicen- te inspira
cada una de tus decisiones,
ya sean buenas o malas, necias o sabias, pues él te conduce
según
su voluntad, como a un ciego. Todo es kismet, afirman, y eso es una
gran
bendición. Aquí estás al margen de ella y la mano de Alá no
te guiará.
Me
levanté y paseé nuevamente por el círculo de puertas -hacia la
izquierda, puerta por
puerta, y luego a la derecha, puerta por
puerta- sin poderme decidir. El exceso de
posibilidades y la
ausencia de necesidad me paralizaban. Entonces recité los versos
siguientes :
Somos
prisioneros, condenados a elegir al azar
entre
innumerables incertidumbres
que
nos atormentan.
No
puede el hombre decidir con fundamento,
desconociendo
el futuro.
Aunque
lo conociera sus pasos
estarían
determinados
porque
todo está determinado,
asi
que tampoco podría elegir
Sólo
el Señor del Universo posee el saber.
Él
guía los planetas y conduce
nuestras
almas como él quiere.
Tras
interminables horas de caminar en círculo el agotamiento me postró
en mi lecho.
Pasé allí muchos días y noches inmóvil, deseando
estar muerto para escapar así a la voz
incorpórea que no cesaba de
insistir en que tomara una decisión. Cuando digo “días y
noches”
no se ha de tomar en un sentido literal, porque no había nada que me
permitiera
medir el tiempo por esta alternancia. La luz verde y
difuminada que dañaba los ojos no
cambiaba nunca. De tiempo en
tiempo caía en un sueño obtuso, del que me despertaba
la voz
susurrante a la renovada tortura de la elección imposible. Entonces
encontraba
junto a mi lecho una mesita con comida y bebida sin que
nunca descubriera cómo había
llegado allí. Para mis necesidades
disponía de un orinal que se vaciaba y limpiaba
regularmente. A
menudo me hacía el dormido con la esperanza de descubrir la puerta
por la que se me prestaban tales atenciones para utilizarla en mi
huida. Pero mis
esfuerzos fueron en vano.
A
pesar de que no me faltaba nada de lo necesario para vivir, mis
fuerzas declinaban
como la llama de una lámpara de aceite en una
mazmorra sin aire. Mi pelo y mi barba se
volvieron grises, mis ojos
se cubrieron de un velo. Comencé a buscar señales
misteriosas que
me guiaran en mi elección. Por ejemplo, estudiaba el orden de los
alimentos y las bebidas sobre la mesita para deducir de él algún
posible mensaje. Hacía
complicados cálculos con su posición, su
número y su forma. Hasta me dediqué a
analizar mis propios
excrementos esperando encontrar en ellos una clave del destino.
Toda
superstición nace de la necesidad de tener que decidir sin la fuerza
que se requiere
para ello y por eso es obra del diablo.
Es
evidente, o señor de todos los creyentes, que estos trucos no me
ayudaban, pues lo
que yo interpretaba como signos o avisos se
anulaba por signos y avisos contrarios y al
final me veía abocado a
mi capricho al que sin la ayuda de Alá no podía arrancar una
decisión. Me sucedía como al burro de Abu Ali Dhan , que murió de
hambre entre dos
montones de heno porque, atraído por ambos, no se
decidía por ninguno. Yo no pasaba
hambre y mis posibilidades de
elección eran mayores, por lo cual mi situación resultaba
todavía
más penosa.
Durante
mis repetidos paseos en círculo -una puerta y otra hacia la
izquierda, una puerta
y otra hacia la derecha- escuchaba atentamente
la voz incorpórea para deducir de una
ínfima inflexión en su tono
qué puerta era la que debía o no debía abrir. Rogué,
supliqué,
gemí como un perro apaleado, me humillé de todas las maneras
imaginables
ante mi invisible carcelero (que en realidad no me
retenía) para moverle a que aligerara
un poquito la carga cada vez
más insoportable de la decisión. Mi torturador, sin
embargo,
jugaba con mi debilidad.
-Escucha
-dijo-, ya es demasiado tarde para tus súplicas. Aunque te ordenara
que
abrieras esta o aquella puerta tú tendrías que decidir por ti
mismo si confiar o no en mí,
si seguir o no mi consejo. Aunque
estuviera dispuesto a aconsejarte no te podría ayudar.
-Al
menos, inténtalo -le imploré.
-Bien,
no quiero que digas que rehusé darte una oportunidad. Sigue andando
hasta la
puerta número 72.
Recorrí
las puertas contando afanosamente. Al llegar a la número 72 me paré
sin
aliento.
-¿Es
ésta? -articulé con dificultad.
-Has
dado la vuelta por la izquierda -dijo la voz-, pero se trata de la
número 72 girando
por la derecha.
Corrí
pues contando hacia atrás por el lado derecho hasta llegar al número
uno; luego
continué en la misma dirección contando hasta alcanzar
el 72.
-¿Ésta?
-pregunté.
-No
-respondió la voz-. Te has olvidado del cero y has contado mal.
-No
puede haber una puerta cero –protesté.
-¿Ah,
no? -fue la respuesta-. ¿Quieres que te lo demuestre?
-¡No!
¡No!
-Entonces
empieza de nuevo.
Como
me había equivocado no podía ya encontrar con seguridad la primera
puerta.
¿Había contado una de más o una de menos? La voz no quiso
aclarármelo. Tuve la
convicción repentina de que había
desperdiciado por ligereza la única indicación útil.
Dispuse
entre mis manos de un cabo de la solución y por descuido lo había
dejado
escapar. Lágrimas de rabia y de frustración me llenaron los
ojos y golpeé muchas veces
mi frente contra el suelo.
-¿Dónde
debo empezar? -grité.
-Donde
quieras -fue la respuesta.
-¡Pero
tú me has dicho que salga por la puerta número 72!
-Yo
no te he dicho eso. Te he aconsejado que siguieras andando hasta la
puerta número
72. Podría haber dicho la número 28 o la número 3
para hacerte un favor. Pero no he
dicho nada de abrir. Eso debes
decidirlo tú.
Comprendí
que el espíritu maligno jugaba conmigo y que iría muy lejos con su
juego.
Sin embargo, me sentía incapaz de maldecirle ya que no había
hecho otra cosa que
ceder a mis ruegos infantiles. A partir de ese
momento guardé silencio y no contesté
más a la voz que continuaba
hablando sola.
No
quiero cansar tus oídos, oh señor de todos los creyentes, ni agotar
tu paciencia
alargando el final de mi historia. El simple hecho de
que hablo aquí, ante ti, demuestra
que el Misericordioso, ¡alabado
sea su Santo Nombre!, no había decidido abandonarme
en aquel
infausto lugar para siempre. Aún hoy no sé decir si fueron años,
decenios,
siglos, o únicamente un instante, los que pasé allí
donde el tiempo no existe. Mi barba y
mi pelo se habían vuelto
blancos como la nieve, mi piel estaba arrugada y mi cuerpo
viejo y
decrépito, así como me ves ante ti, oh califa. Exhausto de la
constante e
insensata lucha contra las cadenas de mi libertad no
esperaba ni temía ya nada, no
deseaba ni huía de nada. La muerte
me era tan grata como la vida, el honor no
significaba más que la
verguenza, la riqueza me era tan indiferente como la pobreza. Era
incapaz de la más mínima distinción, pues en aquella luz
implacable todo lo que los
hombres desean o temen me parecía un
espejismo.
Mi
interés por las puertas fue desvaneciéndose. Hacía mi ronda con
intervalos cada vez
mayores -puerta por puerta hacia la izquierda,
puerta por puerta hacia la derecha-, hasta
que renuncié por
completo a mi paseo y apenas si dirigía una mirada a las puertas.
Así
no me di cuenta de que se producía en ellas un cambio. Un buen día
al despertarme
descubrí que su número había disminuido. Utilicé
de nuevo mi zapatilla, ahora gastada
y vieja, como señal, y conté
las puertas. Sólo había 84. Desde aquel momento repetí el
recuento cada vez que me despertaba y siempre era menor el número de
puertas. Nunca
vi cómo desaparecían y nunca hallé en el muro
huella alguna. Parecía como si las
puertas desaparecidas no
hubieran existido jamás.
Después
de todo lo relatado, oh señor de todos los creyentes, pensarás
quizá que una
vez perdidos el temor y la esperanza me resultaría
fácil levantarme y abrir una
cualquiera de las puertas que
quedaban, una cualquiera. Pero sucedió lo contrario.
Como todo me
daba igual, carecía de un motivo para decidir. Si al principio me
había
paralizado el miedo ante un desenlace incierto, ahora la
indiferencia ante lo que pudiera
acaecer me impedía hacer una
elección.
Cuando
por fin sólo quedaban dos puertas en los lados opuestos de la sala,
constaté con
un interés desinteresado que en el fondo venía a ser
lo mismo escoger entre
innumerables posibilidades desconocidas que
entre dos. Ambas cosas eran imposibles.
Cuando
sólo quedaba una puerta reconocí que, lo quisiera o no, tenía que
decidir si
marcharme o quedarme.
Me
quedé.
Al
despertarme la vez siguiente ya no había puertas. El muro aparecía
liso y blanco. La
voz incorpórea calló. Un silencio total y eterno
me rodeó. Estaba seguro de que a partir
de aquel momento ya no se
alteraría nada, que había alcanzado el definitivo estado de la
exclusión de todos los mundos, de acá y de allá.
Entonces
me tiré al suelo llorando y pronuncié estas palabras:
-Te
doy las gracias, Misericordioso, Altísimo y Santísimo, por haberme
curado del
autoengaño y haberme quitado la carga de la falaz
libertad. Ahora que ya no puedo ni
debo elegir me resulta fácil
renunciar para siempre a mi voluntad y someterme a tu
santa voluntad
sin protestar y sin pretender comprender. Si ha sido tu mano la que
me
ha conducido a esta cárcel y me ha encerrado para siempre entre
los muros, lo acepto
humildemente. Nosotros, los hombres, no sabemos
permanecer en un lugar ni sabemos
abandonarlo sin la gracia de la
ceguera por la que nos guías. Renuncio para siempre a la
falsedad
del libre albedrío, pues es una serpiente que se devora a sí misma.
La libertad
total es la falta total de libertad. Todo el bien y toda
la sabiduría están en Alá, el
Todopoderoso y el Unico y fuera de
él no hay nada.
Caí
en un estado parecido a la muerte, pero cuando al cabo de quién sabe
cuánto tiempo
volví en mí, me hallé como un mendigo ciego aquí,
en la puerta de Bagdad, donde tú,
oh señor de todos los creyentes,
has escuchado hoy mi historia. Desde ese día llevo el
nombre de
Insh'allah y así me llama la gente” .
El
califa contempló asombrado al mendigo y dijo:
-¡Extraordinario!
¡Verdaderamente extraordinario! Tu relato será escrito. Pídeme un
regalo, que te concederé lo que desees.
El
mendigo alzó sus ojos blancos como la leche hacia el señor de los
creyentes y
contestó con una sonrisa:
-Alá
recompense tu generosidad, señor. Pero qué puedes regalarme si
poseo lo más
grande que puede poseer un hombre.
Cuando
el califa oyó estas palabras se asombró aún más y estuvo callado
un buen rato.
Por
fin dijo a su visir:
-Me
parece que lo que a éste le ha sucedido ha sido por designio de Alá
-alabado sea su
nombre- para conducirle a la única riqueza
verdadera.
-También
a mí me lo parece, señor -contestó el visir.
-Si
esto es así -continuó el califa-, dime una cosa: cuando Iblís el
Mentiroso declaró que
la prisión de la libertad era el lugar del
que estaba excluido el poder de Alá como una
pompa de aire en el
océano, ¿mentía o decía la verdad?
-Ni
mentía ni decía la verdad, oh señor de todos los creyentes
-respondió el visir.
-¿Cómo
he de entenderlo? -preguntó el califa.
-Si
realmente existe un lugar que no está lleno de la voluntad del
Todopoderoso -dijo el
visir-, únicamente existe por voluntad de
éste. Pero por eso mismo su voluntad está en
ese lugar, porque sin
ella nada puede existir, y tampoco ese lugar. Su ausencia es su
presencia. En la perfección del Altísimo no hay contradicción,
aunque así le parezca al
limitado espíritu humano. Por eso Iblís,
el Confundidor, tiene que servirle y no existe
sin él.
-Verdaderamente
-exclamó el califa- Alá es Alá y Mahoma es su profeta.
Y
se inclinó ante el mendigo y se alejó sin darle limosna.
Insh'allah
sonrió.