domingo, 25 de marzo de 2012

Cuentos del Islam: Sobre ese demonio al que llaman "Libertad"

El mendigo ciego al que todos llamaban Insh'allah (Lo que Dios quiera), continuó su relato, vuelto hacia el califa:

“Ya oíste, oh señor de todos los creyentes, cómo caí bajo el influjo de aquel perro griego borracho y consumidor de carne de cerdo que se hacía pasar por filósofo y que con su palabrería me hizo dudar de la sabiduría y del poder de Alá -¡alabado sea su nombre!- y de la única y verdadera enseñanza de sus profetas -¡bendito sea el Señor!- convenciéndome con toda clase de artimañas de que el hombre tiene libre albedrío y es capaz de producir el bien o el mal según su propio juicio y su propia fuerza. Esto es blasfemia, pues significaría que la criatura puede sorprender a su creador y que también para el Ser Supremo rige el antes y el después, es decir, que no estaría por encima del tiempo, sino sometido a él como todo lo que él ha creado.

Pero tú, oh señor de todos los creyentes, sabes bien que el hombre en presencia del Eterno -¡alabado sea!- no es más que un grano de arena en el desierto y así como éste es arrastrado por el viento de un lado a otro y no puede moverse por sí mismo, así la voluntad de Alá -¡su paz sea contigo, señor!- nos mueve a esta o aquella acción, ya que por propia decisión no somos capaces de nada. Así ha sido desde el principio de los tiempos y así será su fin, pues sólo él, que está por encima de todos los tiempos, conoce el final de las cosas y nuestros más secretos deseos y acciones en todo detalle y desde hace eternidades. Por eso escucha, oh señor de todos los creyentes, cómo la bondad y el rigor del Todopoderoso actuaron conmigo para conducirme a la total sumisión a su santa voluntad, permitiendo que Iblís, el Mentiroso , me tentara y cegara durante un tiempo.

Yo era entonces un joven en la flor de la edad y lleno de la vana presunción que el veneno del griego había destilado en mi corazón. Creía que mi felicidad y mis riquezas se debían a mi talento y saber de comerciante. Perdía mis días en disquisiciones filosóficas con aquel presunto maestro y amigo, y mis noches en interminables orgías.

Pensé que ya no tenía que obedecer el orden revelado por Alá a través de sus profetas; abandoné las oraciones y las abluciones prescritas y fui descuidando todos los demás mandamientos de nuestra religión.

Por fin llegué hasta el punto de no cumplir el mes de ayuno, e incluso comí y bebí todo el día 27 del Ramadán en el que se celebra el Lailat al Kadr . Mis criados, escandalizados por mi proceder y aterrados ante la desgracia que así atraía sobre mi casa, huyeron. Yo me reí de ellos y prometí castigarlos públicamente cuando regresaran al día siguiente. Aquella noche me hallaba solo, borracho y medio adormilado por mis excesos, por lo que no sé decir de dónde surgió la bella danzarina que de repente vi en mi diwan . No la había llamado y no la conocía. Era como si hubiera tomado cuerpo de los dulces efluvios del hachís que brotaban de mi narguile.

La muchacha llevaba un vestido suelto de velos negros con hilos de plata que dejaba traslucir el brillo ebúrneo de sus bien formados miembros. Su rostro era como la luna llena, sus labios competían con las rosas de Samarcanda. Su pelo, que le caía hasta las corvas, tenía el color del plumaje del cuervo y sus manos y pies estaban enrojecidos de henna. El perfume que su cuerpo exhalaba era tan embriagador que pensé tener ante mí una hurí . Empezó a girar en su danza y a doblar su delicado cuerpo mientras sus pulseras de oro tintineaban y los cascabeles de plata de sus tobillos imitaban el dulce cri-cri de los grillos. La acompañaba una música de tan arrebatador apasionamiento que no pude contenerme más.

-¿Quién eres, oh joya exquisita del amor? -exclamé-. Has de pertenecerme aunque me cueste todas mis riquezas. Dime lo que deseas. Me pareció que de pronto el mundo retenía la respiración y que el tiempo se paraba. La bella se acercó, cayó de rodillas ante mí y abrazó mis pies.
-Oh, señor -respondió con la voz de una paloma arrulladora-, te pertenezco sólo a ti. Haz conmigo como plazca a tu corazón. Pero antes júrame que obedeces y siempre obedecerás a tu voluntad y no a la de otro.
-Te lo juro por Dios Todopoderoso -dije.
Ella rió y enarcó asombrada las cejas que recordaban las alas de la alondra cuando remonta el vuelo.
-¿Cómo puedes jurar en ese nombre? -preguntó burlona-. Si él es todopoderoso, las cosas suceden según su voluntad y no según la tuya.
-¡Sutilezas! -exclamé riendo también-. ¿Es que estoy rodeado de filósofos? Creí que tenías algo mejor que ofrecerme, o ¿acaso quieres que muera de amor?
Quise atraerla a mi lado sobre los cojines de seda, pero ella se defendió hábilmente y escapó a mis manos como una serpiente.
-Primero ¡júramelo!
-¿En nombre de quién o de qué he de jurar para darte gusto?
La impaciencia me ganaba.
-Júramelo por la luz de tus ojos -ordenó ella, y en sus labios surgió un rasgo cruel.

Yo, enloquecido por saciar mi sed en el pozo de su jardincillo del paraíso, la obedecí. Entonces ella fue quitándose velo tras velo hasta que ninguna parte de su cuerpo blanco como la leche quedó escondido a mis miradas. Luego vino, se inclinó sobre mí y su pelo negro como la noche nos cobijó cual una tienda. Por fin acercó su rostro al mío y descubrí que las pupilas de sus ojos eran rendijas verticales en las que refulgía una luz verdosa. Cuando abrió los labios para besarme salió de entre ellos una larga lengua bífida. Comprendí que había caído en poder de Iblís y del susto me desplomé hacia atrás mientras mi espíritu se oscurecía.

Sentí que me llevaban por el aire, encima de países y mares. La tierra desapareció bajo mi vista y el viaje vertiginoso tomó rumbo al espacio estelar. También las estrellas desaparecieron y me hallé rodeado de oscuridad y vacío.

Estuve largo tiempo flotando en las tinieblas, más allá de los límites de la creación. Por fin percibí una luz verdosa y difuminada, pero desagradablemente punzante. Reconocí en ella el mismo brillo de las pupilas de la danzarina que me había fulminado. Ahora, sin embargo, la luz era omnipresente y no pude discernir de dónde procedía. Cerré los ojos, ya que me producía dolor. Y así pasó un rato hasta que reconocí el lugar en que estaba.

Me hallaba sobre un lecho circular, en medio de una gigantesca sala, también circular, cerrada por una cúpula. No sé cómo describir la sensación de total y definitivo abandono que me invadió y tampoco sé decir a qué características de la arquitectura se debía esa sensación. El enorme espacio se asemejaba a una mezquita, o más bien a una diabólica interpretación de ese espacio sagrado, pues así como éste está imbuido del excelso espíritu del Corán y de sus bienhechores versículos, aquél era el reflejo de un universo vacío e inanimado. Los muros eran lisos y blancos, al igual que la monumental cúpula y el suelo de mármol. No había ventanas, pero en el muro que cerraba en amplia curva la sala se alineaban múltiples puertas. Todas cerradas.

Entonces oí una voz incorpórea, parecida al silbido de una serpiente, que me hablaba desde múltiples partes:

-Éste, altivo joven, es el único lugar entre todos los lugares del universo donde no alcanza la voluntad de Alá. Así como una diminuta pompa de aire en la inmensidad del océano está libre de la húmeda sal, así este espacio en el que estarás de ahora en adelante escapa al poder y al saber del Eterno. Yo, el espíritu de la libertad absoluta, lo he creado como templo de la subversión y de la egolatría. Aprovecha la oportunidad y muéstrate digno de mi invitación.

Estas palabras me espantaron, pues no había caído hasta tal punto bajo el poder de ese perro griego como para admitir tales blasfemias. Pero no me atreví a contestar porque me aterraba confirmar con el sonido de mis palabras que había oído realmente aquellas espantosas frases. Empezaba a pensar que lo que había escuchado eran mis propias ideas.

Te parecerá comprensible, oh mi señor, que mi primer pensamiento fuera el de escapar, abandonar por el camino más rápido tan infausto sitio. Otro hombre en otro lugar se hubiera encomendado a la protección y la ayuda de Alá y él le hubiera guiado según su voluntad, pero a mí me estaba negado ese refugio. Aquí comenzó mi desgracia.

Había muchas puertas para escapar, y eso precisamente me confundía. Si sólo hubiera habido una, habría intentado abrirla de inmediato. Debía existir una razón oculta para tanta puerta. Tenía la posibilidad de escoger, pero con cautela, ya que cada una de ellas podía encerrar una trampa.

-Haces bien en dudar -dijo la voz incorpórea como si leyera mis pensamientos-. Podría ser que detrás de una de las puertas se oculte un sanguinario león que te destroce, detrás de otra florezca un jardín habitado por hadas que te regalarán miles de caricias amorosas, que por el contrario detrás de la tercera te espere un gigantesco esclavo negro para cortarte la cabeza con una espada, tras la cuarta te aguarde un abismo en el que caerás, tras la quinta una cámara llena de joyas y oro que te pertenecerán, tras la sexta un horrible ghul para devorarte, y así sucesivamente. No digo que sea así, pero podría ser. En cualquier caso tú elegirás tu destino. Elige bien.

Sin abandonar el lecho giré lentamente para estudiar una puerta tras otra, pero todas eran iguales, sin ninguna señal que las diferenciara. Mi corazón vacilaba entre la angustia y la esperanza hasta hacerme brotar el sudor en la frente.

¿Podía confiar en la voz? Tal vez mentía. Además no había dicho que las cosas fueran así, sino que podían ser así. Quizá eran diferentes por completo. Quizá todas las puertas estaban cerradas, excepto una, y ésa era la que yo tenía que encontrar. Resultaba evidente, por otro lado, que unos ojos invisibles me observaban. Para empezar debía descubrir qué puerta me ofrecía la posibilidad de escapar; luego tendría que aguardar un momento propicio. Lo más importante era mantener la calma, me dije. También podía ser que la única puerta no cerrada con llave fuera otra cada hora, incluso cada instante.

Pero ¿quién me decía que sólo se trataba de una puerta? ¿Acaso no era posible que estuvieran sin cerrar con llave dos, tres o más puertas? Por las palabras que había escuchado no se deducía que yo fuera un prisionero. Quizá todas las puertas estaban abiertas y podía escoger cualquiera de ellas. Sin embargo, ¿por qué había tantas? Mis pensamientos giraban en círculo.

Tenía que hacer algo para cerciorarme. Me levanté del lecho, crucé la sala y me paré delante de una de las puertas sin atreverme a extender la mano hacia el picaporte. Di unos pasos hasta la próxima, luego hasta la siguiente y la siguiente. No existía razón concreta para preferir una a otra y ante cada una de ellas. Me asaltó por un instante el miedo a la posibilidad de elegir la peor. Fui andando de puerta en puerta hasta dar la vuelta completa sin llegar a una decisión.

Me puse entonces a contar puertas, sin que pudiera decir en qué medida conocer su número me ayudaría a salir de mi desesperación. Pronto tuve que interrumpir el experimento, ya que al serme imposible establecer con qué puerta había empezado a contar ignoraba en cu l terminar. Se me ocurrió quitarme una de mis zapatillas bordadas en oro y dejarla delante de una de las puertas. Recorrí el círculo a la pata coja y al llegar de nuevo a mi zapatilla había contado 111 puertas. Me estremecí, pues ahora sabía que aquél era el lugar de la locura.

Rápidamente me calcé, fui al lecho en el centro de la sala, me eché en él y cerré los ojos para reflexionar.

Apenas lo había hecho cuando oí la voz incorpórea:

-Decídete, porque si no te quedarás aquí para siempre.

No cabía duda, la única manera de saber algo sobre las puertas consistía en sonsacar información a mi invisible carcelero. Había que proceder con el mayor tacto. Me incorporé y pregunté con aparente indiferencia:

-¿Hay alguien ahí?
-No -respondió la voz.

Un largo silencio. La sangre me latía en las sienes, pero seguí comportándome con calma. Decidí provocar a mi interlocutor. Al fin y al cabo había aprendido tanta lógica con mi maestro griego como para atreverme a un duelo retórico incluso con el Archimentiroso.

Me esforcé por dar firmeza a mi voz:

-¡Qué tonterías! ¡Seas quien seas, si dices “no” es que eres alguien y no eres “nadie”!
La voz respondió inmediatamente:
-Oh maestro del ingenio, me sumes en la confusión. ¿Puedes demostrar lo que afirmas?
-¿Para qué? -repuse-. No se demuestra lo obvio. Nadie no puede decir “no”.
-Si es como dices -continuó la voz-, ¿sería verdadero lo contrario?
-Claro.
-¿Entonces afirmas que nadie puede decir “sí”? -preguntó la voz.
-¡No!
-¿No?
-Sí, es decir, no.
-Vamos a ver, ¿sí o no? ¿O acaso quieres decir que sí es lo mismo que no?
-Quiero decir que nadie, por ser nadie, puede decir sí o no.
-Si comprendo bien tu conclusión -Contestó la voz-, ¿quieres decir que sólo alguien, en la medida en que es alguien, puede decir sí o no?
-Así es -dije.
-Bien -continuó la voz-. Es lo que yo he hecho. He dicho que no. ¿Por qué, entonces, insinúas que digo tonterías?
-Porque -dije ya agotado- nadie puede responder a la pregunta de si ahí hay alguien con un “no” sin incurrir en una contradicción.
-Perdona, oh caudillo de los pensamientos -replicó la voz-, pero ¿no será que el que se contradice eres tú? Acabas de explicarme que nadie puede decir sí o no...
-¡No dije eso! -grité.
-¿Ah, no? -preguntó la voz-. ¿Qué dijiste? ¿Qué pretendes demostrar?
Me tapé los oídos, pero seguía oyendo la voz sibilante que se me clavaba en el cerebro:
-¿Por qué dices constantemente lo que no quieres decir? ¿O acaso quieres decir que no sabes lo que quieres decir? Por favor, acláralo.

Quizá te extrañe, oh califa, que mi invisible guardián intentara confundirme de manera tan burda. Pero el Malo tiene sus métodos para tentar al hombre y romper su resistencia.

Uno de ellos es el del moscón que no hace daño pero que te enloquece con su insistencia y vuelve una y otra ve a tu rostro o a tus manos... y en cada intento de acabar con él te das una bofetada a ti mismo.

No sirvió de nada que escondiera la cabeza debajo del cojín de seda de mi lecho, no había manera de acallar la voz. Cuando yo no respondía, ella repetía su última pregunta cien o mil veces, siempre igual, sin énfasis, sin alterar el tono. Y cuando por fin me decidía a contestar ella tergiversaba mis palabras -dijera lo que dijera- hasta que perdían el sentido y el significado y sólo eran sonidos vacíos. Entonces las preguntas se reanudaban.

-Ya sé lo que pretendes -grité-. Quieres que pierda la razón.
-¿Quién? -preguntó la voz.
-Tú, tú, tú -exclamé-. Eres Iblís, el Espíritu del Mal.
-¿De quién hablas? Aquí no hay nadie, como ya sabes. Yo no existo y te lo voy a demostrar. Si yo existiera, se lo debería a la voluntad del Todopoderoso. Sin embargo él no puede desear el mal, pues entonces sería él mismo malvado. Si yo, por otro lado, existiera contra su voluntad, él no sería todopoderoso, sino meramente parte de un todo y yo sería su contrario. No podríamos existir el uno sin el otro y, al mismo tiempo, nos anularíamos el uno al otro. Por lo tanto, no existimos ni él ni yo.

Esta vez no me dejé arrastrar a discutir con la voz.

Me voy.

-No conseguirás mantenerme prisionero.
-Vete tranquilamente -dijo-. ¿Qué te hace pensar que deseo retenerte? Hay muchas puertas, basta con que elijas una.
-¿No están cerradas?
-Todavía no. Es decir, ninguna está cerrada mientras no abras una de ellas.
-¿Y cuando haya abierto una?
-Entonces se cerrarán todas las demás al instante. Y no habrá vuelta. Elige bien.
Reuní todas mis fuerzas, pues sentía que mi capacidad de decisión se iba debilitando en el diálogo con el Invisible. Me arrastré hasta una de las puertas y fui a coger el picaporte.
-¡Espera! -susurró la voz.
-¿Por qué? -pregunté, y dejé caer la mano asustado.
-Recapacita bien en lo que vas a hacer. Después será demasiado tarde.
-¿Por qué no ésta?
-¿Acaso te la he desaconsejado? Dime primero por qué eliges precisamente ésa.
-Pero ¿por qué no? -respondí-. ¿Hay alguna razón para no escogerla?
-Eso debes decidirlo tú.

Dudé.

-Al ser todas las puertas iguales, da lo mismo por cuál de ellas salga.
-Antes de abrirlas todas son iguales, pero luego no -contestó la voz.
-Aconséjame -pedí .
-¿A quién pides consejo? Descubrirás lo que te espera al otro lado de la puerta si la abres. Al mismo tiempo renuncias a saber lo que te esperaba detrás de las otras puertas, ya que se cerrarán al momento. Tienes cierta razón cuando dices que da lo mismo la puerta que escojas.
A punto de romper a llorar grité:
-¿No hay pues razón alguna para una determinada elección?
-Ninguna -contestó la voz-, excepto la que tú decidas por tu propia y libre voluntad.
-¿Cómo voy a tomar una decisión si no sé adónde me conduce? -exclamé desesperado.
Se oyó un murmullo seco, como una carcajada incorpórea.
-¿Lo has sabido alguna vez? Sí, has creído toda tu vida tener razones para decidirte por esto o por aquello, pero en realidad nunca podías prever si sucedería lo que esperabas.
Tus sólidas razones no eran más que sueños o elucubraciones. Como si sobre estas puertas hubiera pintadas imágenes que te engañaran con falsas indicaciones. El hombre es ciego y todas sus acciones son acciones en la oscuridad. Uno celebra su matrimonio y no sabe que dos días más tarde será viudo. Otro quiere ahorcarse acosado por las penas y las necesidades y no sabe que la embajada que le convertirá en un hombre rico ya está de camino. Uno huye a una isla desierta para escapar de su asesino y se lo encuentra allí. ¿Conoces la historia de la herradura que Sherezade le cuenta al sultán?
-Sí, la conozco -me apresuré a responder.
-Bien, por eso se dice que todas las decisiones que toma el hombre están prefiguradas en el plan universal de Alá desde el comienzo de los tiempos. Él -según dicen- te inspira cada una de tus decisiones, ya sean buenas o malas, necias o sabias, pues él te conduce según su voluntad, como a un ciego. Todo es kismet, afirman, y eso es una gran bendición. Aquí estás al margen de ella y la mano de Alá no te guiará.

Me levanté y paseé nuevamente por el círculo de puertas -hacia la izquierda, puerta por puerta, y luego a la derecha, puerta por puerta- sin poderme decidir. El exceso de posibilidades y la ausencia de necesidad me paralizaban. Entonces recité los versos siguientes :

Somos prisioneros, condenados a elegir al azar
entre innumerables incertidumbres
que nos atormentan.
No puede el hombre decidir con fundamento,
desconociendo el futuro.
Aunque lo conociera sus pasos
estarían determinados
porque todo está determinado,
asi que tampoco podría elegir
Sólo el Señor del Universo posee el saber.
Él guía los planetas y conduce
nuestras almas como él quiere.


Tras interminables horas de caminar en círculo el agotamiento me postró en mi lecho. Pasé allí muchos días y noches inmóvil, deseando estar muerto para escapar así a la voz incorpórea que no cesaba de insistir en que tomara una decisión. Cuando digo “días y noches” no se ha de tomar en un sentido literal, porque no había nada que me permitiera medir el tiempo por esta alternancia. La luz verde y difuminada que dañaba los ojos no cambiaba nunca. De tiempo en tiempo caía en un sueño obtuso, del que me despertaba la voz susurrante a la renovada tortura de la elección imposible. Entonces encontraba junto a mi lecho una mesita con comida y bebida sin que nunca descubriera cómo había llegado allí. Para mis necesidades disponía de un orinal que se vaciaba y limpiaba regularmente. A menudo me hacía el dormido con la esperanza de descubrir la puerta por la que se me prestaban tales atenciones para utilizarla en mi huida. Pero mis esfuerzos fueron en vano.

A pesar de que no me faltaba nada de lo necesario para vivir, mis fuerzas declinaban como la llama de una lámpara de aceite en una mazmorra sin aire. Mi pelo y mi barba se volvieron grises, mis ojos se cubrieron de un velo. Comencé a buscar señales misteriosas que me guiaran en mi elección. Por ejemplo, estudiaba el orden de los alimentos y las bebidas sobre la mesita para deducir de él algún posible mensaje. Hacía complicados cálculos con su posición, su número y su forma. Hasta me dediqué a analizar mis propios excrementos esperando encontrar en ellos una clave del destino.

Toda superstición nace de la necesidad de tener que decidir sin la fuerza que se requiere para ello y por eso es obra del diablo.

Es evidente, o señor de todos los creyentes, que estos trucos no me ayudaban, pues lo que yo interpretaba como signos o avisos se anulaba por signos y avisos contrarios y al final me veía abocado a mi capricho al que sin la ayuda de Alá no podía arrancar una decisión. Me sucedía como al burro de Abu Ali Dhan , que murió de hambre entre dos montones de heno porque, atraído por ambos, no se decidía por ninguno. Yo no pasaba hambre y mis posibilidades de elección eran mayores, por lo cual mi situación resultaba todavía más penosa.

Durante mis repetidos paseos en círculo -una puerta y otra hacia la izquierda, una puerta y otra hacia la derecha- escuchaba atentamente la voz incorpórea para deducir de una ínfima inflexión en su tono qué puerta era la que debía o no debía abrir. Rogué, supliqué, gemí como un perro apaleado, me humillé de todas las maneras imaginables ante mi invisible carcelero (que en realidad no me retenía) para moverle a que aligerara un poquito la carga cada vez más insoportable de la decisión. Mi torturador, sin embargo, jugaba con mi debilidad.

-Escucha -dijo-, ya es demasiado tarde para tus súplicas. Aunque te ordenara que abrieras esta o aquella puerta tú tendrías que decidir por ti mismo si confiar o no en mí, si seguir o no mi consejo. Aunque estuviera dispuesto a aconsejarte no te podría ayudar.
-Al menos, inténtalo -le imploré.
-Bien, no quiero que digas que rehusé darte una oportunidad. Sigue andando hasta la puerta número 72.
Recorrí las puertas contando afanosamente. Al llegar a la número 72 me paré sin aliento.
-¿Es ésta? -articulé con dificultad.
-Has dado la vuelta por la izquierda -dijo la voz-, pero se trata de la número 72 girando por la derecha.
Corrí pues contando hacia atrás por el lado derecho hasta llegar al número uno; luego continué en la misma dirección contando hasta alcanzar el 72.


-¿Ésta? -pregunté.
-No -respondió la voz-. Te has olvidado del cero y has contado mal.
-No puede haber una puerta cero –protesté.
-¿Ah, no? -fue la respuesta-. ¿Quieres que te lo demuestre?
-¡No! ¡No!
-Entonces empieza de nuevo.
Como me había equivocado no podía ya encontrar con seguridad la primera puerta. ¿Había contado una de más o una de menos? La voz no quiso aclarármelo. Tuve la convicción repentina de que había desperdiciado por ligereza la única indicación útil.
Dispuse entre mis manos de un cabo de la solución y por descuido lo había dejado escapar. Lágrimas de rabia y de frustración me llenaron los ojos y golpeé muchas veces mi frente contra el suelo.
-¿Dónde debo empezar? -grité.
-Donde quieras -fue la respuesta.
-¡Pero tú me has dicho que salga por la puerta número 72!
-Yo no te he dicho eso. Te he aconsejado que siguieras andando hasta la puerta número 72. Podría haber dicho la número 28 o la número 3 para hacerte un favor. Pero no he dicho nada de abrir. Eso debes decidirlo tú.

Comprendí que el espíritu maligno jugaba conmigo y que iría muy lejos con su juego. Sin embargo, me sentía incapaz de maldecirle ya que no había hecho otra cosa que ceder a mis ruegos infantiles. A partir de ese momento guardé silencio y no contesté más a la voz que continuaba hablando sola.

No quiero cansar tus oídos, oh señor de todos los creyentes, ni agotar tu paciencia alargando el final de mi historia. El simple hecho de que hablo aquí, ante ti, demuestra que el Misericordioso, ¡alabado sea su Santo Nombre!, no había decidido abandonarme en aquel infausto lugar para siempre. Aún hoy no sé decir si fueron años, decenios, siglos, o únicamente un instante, los que pasé allí donde el tiempo no existe. Mi barba y mi pelo se habían vuelto blancos como la nieve, mi piel estaba arrugada y mi cuerpo viejo y decrépito, así como me ves ante ti, oh califa. Exhausto de la constante e insensata lucha contra las cadenas de mi libertad no esperaba ni temía ya nada, no deseaba ni huía de nada. La muerte me era tan grata como la vida, el honor no significaba más que la verguenza, la riqueza me era tan indiferente como la pobreza. Era incapaz de la más mínima distinción, pues en aquella luz implacable todo lo que los hombres desean o temen me parecía un espejismo.

Mi interés por las puertas fue desvaneciéndose. Hacía mi ronda con intervalos cada vez mayores -puerta por puerta hacia la izquierda, puerta por puerta hacia la derecha-, hasta que renuncié por completo a mi paseo y apenas si dirigía una mirada a las puertas.

Así no me di cuenta de que se producía en ellas un cambio. Un buen día al despertarme descubrí que su número había disminuido. Utilicé de nuevo mi zapatilla, ahora gastada y vieja, como señal, y conté las puertas. Sólo había 84. Desde aquel momento repetí el recuento cada vez que me despertaba y siempre era menor el número de puertas. Nunca vi cómo desaparecían y nunca hallé en el muro huella alguna. Parecía como si las puertas desaparecidas no hubieran existido jamás.

Después de todo lo relatado, oh señor de todos los creyentes, pensarás quizá que una vez perdidos el temor y la esperanza me resultaría fácil levantarme y abrir una cualquiera de las puertas que quedaban, una cualquiera. Pero sucedió lo contrario. Como todo me daba igual, carecía de un motivo para decidir. Si al principio me había paralizado el miedo ante un desenlace incierto, ahora la indiferencia ante lo que pudiera acaecer me impedía hacer una elección.

Cuando por fin sólo quedaban dos puertas en los lados opuestos de la sala, constaté con un interés desinteresado que en el fondo venía a ser lo mismo escoger entre innumerables posibilidades desconocidas que entre dos. Ambas cosas eran imposibles.

Cuando sólo quedaba una puerta reconocí que, lo quisiera o no, tenía que decidir si marcharme o quedarme.

Me quedé.

Al despertarme la vez siguiente ya no había puertas. El muro aparecía liso y blanco. La voz incorpórea calló. Un silencio total y eterno me rodeó. Estaba seguro de que a partir de aquel momento ya no se alteraría nada, que había alcanzado el definitivo estado de la exclusión de todos los mundos, de acá y de allá.

Entonces me tiré al suelo llorando y pronuncié estas palabras:
-Te doy las gracias, Misericordioso, Altísimo y Santísimo, por haberme curado del autoengaño y haberme quitado la carga de la falaz libertad. Ahora que ya no puedo ni debo elegir me resulta fácil renunciar para siempre a mi voluntad y someterme a tu santa voluntad sin protestar y sin pretender comprender. Si ha sido tu mano la que me ha conducido a esta cárcel y me ha encerrado para siempre entre los muros, lo acepto humildemente. Nosotros, los hombres, no sabemos permanecer en un lugar ni sabemos abandonarlo sin la gracia de la ceguera por la que nos guías. Renuncio para siempre a la falsedad del libre albedrío, pues es una serpiente que se devora a sí misma. La libertad total es la falta total de libertad. Todo el bien y toda la sabiduría están en Alá, el Todopoderoso y el Unico y fuera de él no hay nada.

Caí en un estado parecido a la muerte, pero cuando al cabo de quién sabe cuánto tiempo volví en mí, me hallé como un mendigo ciego aquí, en la puerta de Bagdad, donde tú, oh señor de todos los creyentes, has escuchado hoy mi historia. Desde ese día llevo el nombre de Insh'allah y así me llama la gente” .

El califa contempló asombrado al mendigo y dijo:

-¡Extraordinario! ¡Verdaderamente extraordinario! Tu relato será escrito. Pídeme un regalo, que te concederé lo que desees.

El mendigo alzó sus ojos blancos como la leche hacia el señor de los creyentes y contestó con una sonrisa:

-Alá recompense tu generosidad, señor. Pero qué puedes regalarme si poseo lo más grande que puede poseer un hombre.

Cuando el califa oyó estas palabras se asombró aún más y estuvo callado un buen rato.

Por fin dijo a su visir:

-Me parece que lo que a éste le ha sucedido ha sido por designio de Alá -alabado sea su nombre- para conducirle a la única riqueza verdadera.
-También a mí me lo parece, señor -contestó el visir.
-Si esto es así -continuó el califa-, dime una cosa: cuando Iblís el Mentiroso declaró que la prisión de la libertad era el lugar del que estaba excluido el poder de Alá como una pompa de aire en el océano, ¿mentía o decía la verdad?
-Ni mentía ni decía la verdad, oh señor de todos los creyentes -respondió el visir.
-¿Cómo he de entenderlo? -preguntó el califa.
-Si realmente existe un lugar que no está lleno de la voluntad del Todopoderoso -dijo el visir-, únicamente existe por voluntad de éste. Pero por eso mismo su voluntad está en ese lugar, porque sin ella nada puede existir, y tampoco ese lugar. Su ausencia es su presencia. En la perfección del Altísimo no hay contradicción, aunque así le parezca al limitado espíritu humano. Por eso Iblís, el Confundidor, tiene que servirle y no existe sin él.

-Verdaderamente -exclamó el califa- Alá es Alá y Mahoma es su profeta.

Y se inclinó ante el mendigo y se alejó sin darle limosna.

Insh'allah sonrió. 


Un Mundo Armonioso Gobernado por Computadoras


Cuento De Michael Ende: La Consecuencia

El profesor Karl-Ludwig Ehwald, premio Nobel por sus trascendentales descubrimientos en el campo de la fisiología cerebral, se queda un día dormido, en un súbito e inexplicable ataque de sueño, sobre su mesa de trabajo. Al despertar se encuentra en un futuro no muy lejano, más o menos en el año 2237. El lugar sigue siendo su estudio, que no ha sufrido ningún cambio, pero que se halla ahora en el Museo Karl-Ludwig Ehwald. Es saludado por algunos científicos que se presentan a él como sus hijos espirituales.

Le explican que no está viviendo en absoluto un sueño. Hasta le demuestran, en la medida en que ello es posible, que lo que le rodea es realidad. Tales experiencias de saltos en el tiempo se deben a un corrimiento temporal en los paralajes, que para entonces ya se puede calcular previamente pero todavía no generar a voluntad. Se trata de un fenómeno, por así decir, natural, que ya antes era conocido, pero mal interpretado. En cualquier caso -le explican-el viajar a voluntad a través de los tiempos no es posible. El periodo de tiempo que dura el fenómeno y del cual, por consiguiente, dispone él asciende a sesenta y dos horas y treinta y ocho minutos. Pasado este tiempo, deberá regresar, pero eso sucede por sí solo, le dicen, por eso no tiene que preocuparse.

Ehwald decide conocer lo más a fondo posible ese para él mundo futuro y sus progresos. Se le da, con la mayor gentileza, toda libertad, se le procura vestimenta adecuada a los tiempos y todo lo necesario y hasta se le pone a disposición una joven intérprete (germanista), pues el lenguaje ha sufrido lógicamente grandes cambios, y muchas palabras le resultan desconocidas. El nuevo mundo que descubre le resulta casi paradisiaco. Todas las personas que encuentra son de una extraordinaria mansedumbre y amabilidad, para el gusto de Ehwald todo lo más un poquito aletargadas.

Se entera de que ya no hay criminalidad, agresiones o comportamiento inmoral, o sea, nada que haga daño a los demás o a uno mismo. Tampoco son posibles los accidentes de tráfico, pues para entonces todas las máquinas son de una seguridad absoluta y se adelantan a cualquier decisión de las personas. Tampoco existe el suicidio, y las guerras son totalmente inimaginables. Incluso el matar a los animales para la poca carne que se necesita (casi todos los hombres son vegetarianos) se hace por medio de máquinas que, con absoluta garantía, no causan ningún género de dolor. Tampoco hay combates de boxeo ni otros deportes violentos, que exciten las agresiones, sólo bailes en grupo y juegos de destreza.

Una vez, sin embargo, observa Ehwald a un grupo de jóvenes que están en un patio retirado y que con los torsos desnudos parecen entregados a un extraño juego: uno está de pie, sonriente, y grita algo, tras lo cual otro joven, igualmente sonriente, le amenaza con un afiladísimo cuchillo. La discusión parece que reduce un poco su inercia, finalmente el segundo joven alza el cuchillo como para clavarlo, pero en el mismo instante cae al suelo como tocado por el rayo. Ahora, el primero recoge el cuchillo y amenaza con él a un tercero: el mismo efecto. Al final todos yacen por tierra, inconscientes pero sonrientes aún, y muy lentamente van reanimándose. Algunas personas mayores observan con gesto de enfado el juego, uno murmura: «¡Qué infantilismo!».

La intérprete explica que el juego es completamente inofensivo. En su voz, Ehwald cree notar un cierto pesar. Ahora, el viajero comienza a interesarse por la cultura de ese mundo: ¿cómo es el arte, cómo está conformada la ética, la religión de esos hombres? En primer lugar, es llevado a un concierto y sufre un shock. Lo que allí escucha le pone los pelos de punta. La llamada música es un infierno de agresividad, en comparación con la cual los más salvajes ritmos de rock actuales resultan ser canciones infantiles.

En segundo lugar, lo llevan a un holo, lo que corresponde más o menos a nuestros cines actuales, sólo que las proyecciones son tridimensionales y completamente realistas. El espectador se encuentra en medio de ellas. Nunca hasta entonces había visto Ehwald tal acumulación de cosas repugnantes, de violencia, sadismo y brutalidad. Al final tiene que vomitar, pero los demás espectadores, incluida la joven intérprete, parecen habérselo pasado muy bien.

Finalmente, Ehwald se refugia en una iglesia, esperando encontrar, al menos allí, algo distinto. Pero esas instituciones del futuro no tienen nada en común con las que él conoce. Allí tampoco encuentra sino representaciones de las más espantosas torturas y tormentos; el ritual al que asiste le parece una pura blasfemia, un ensalzamiento de la infamia y el mal. Completamente trastornado, Ehwald regresa a su museo. No entiende cómo se ha podido llegar a tal estado de cosas, qué ha sucedido.

En el tiempo que aún le queda busca respuesta en los colegas, quienes, con la amabilidad que los caracteriza, le dan todas las informaciones: no depende ya de la voluntad de los hombres -eso le explican-sino que a éstos les es literalmente imposible hacerse daño unos a otros, más aún, les es imposible obrar el mal. El mal existe sólo en la ficción, allí donde, por así decir, sólo puede surgir de una forma irreal, no pudiendo por eso hacer daño a nadie. Es sólo imaginable -y por eso como un deseo soñado-, pero no puede ser llevado a la práctica. Los hombres son físicamente incapaces de ello. En cuanto uno decide de verdad hacer algo que pudiera dañar a otro, pierde el conocimiento.

Y justamente porque está fuera del alcance, el mal es venerado y adorado. A este proceso han contribuido en alto grado -le explican ahora a él-los descubrimientos de Ehwald en el campo de la fisiología cerebral. Ellos hicieron posible la manipulación del llamado «hielo negro» en el cerebelo, una estructura celular molecular en la que tienen lugar las decisiones morales.

A principios del siglo XXI se supo que la recién descubierta radiación de Kelber ejerce en ese centro una influencia que imposibilita los actos criminales e inmorales pues, cuando se presenta un caso así, tiene lugar una especie de efecto retroactivo que lleva a la pérdida del conocimiento en la persona correspondiente. Al principio, el tratamiento se aplicó a los delincuentes. Su capacidad de cometer delitos pudo ser eliminada mediante una radiación continua sin secuelas de enfermedad, como pasaba antes con la lobotomía.

Justamente ellos se convirtieron después en miembros especialmente útiles de la sociedad humana. -Bueno, sí -grita Ehwald-, con los delincuentes, pase, pero ¿qué ocurre con los otros? La humanidad no consta únicamente de delincuentes. Indudablemente, le responden, pero de eso, en definitiva, ya no se podía uno fiar. Con el tiempo, el progreso científico y técnico había traído inevitablemente consigo que todos sus logros estuviesen más a disposición de todo el mundo. Era un proceso imparable. En los tiempos de Ehwald todavía se mantenía un cierto secreto -para mencionar esto sólo a manera de ejemplo-en lo concerniente a las armas genocidas.

Había acuerdos sobre la prohibición de armas nucleares y cosas semejantes. Pero eso, lógicamente, no podía ser efectivo a largo plazo. Llegó un momento en que cualquier estudiante de bachillerato podía elaborar, con la técnica de los genes, su propia plaga de la humanidad, cualquier reyezuelo megalómano podía construir su propia bomba atómica con la que eliminar toda vida en la tierra. La humanidad estaba así sometida al chantaje de cualquier suicida celoso que quisiera vengarse del mundo injusto o de su amante infiel exigiendo cosas absurdas. Los secuestros de aviones en la época de Ehwald fueron sólo un inofensivo comienzo, pero cuanto más complejo era el sistema y más disponible estaba, tanto más se iba exponiendo éste a todo género de abusos.

Por eso no quedó otra solución que ser consecuente, a la vista de ese proceso irreversible, y eliminar radicalmente cualquier posibilidad de abuso para garantizar la supervivencia de la especie humana. Y eso fue decidido, hace más de una generación, por el Consejo superior de Seguridad Mundial y puesto en práctica por los científicos. Entretanto existe ya una emisora de rayos, que se procura a sí misma energía y que por vía satélite envuelve a la tierra entera en la radiación de Kelber.

Desde entonces, la cuestión del bien y del mal ya no existe, sólo se interesan por ella algunos historiadores. - ¡Hay que destruir sin falta esa emisora! -tartamudea Ehwald. Eso, le dicen, es completamente imposible. Se han tomado medidas preventivas para evitar de todas todas ser otra vez objeto de chantaje. NIngún ser vivo puede alcanzar, y menos aún desconectar, esa emisora. La propia radiación de Kelber lo impide. Y eso está bien, opinan unánimemente los colegas. Sólo hay que pensar, dicen, en lo que sucedería, dada la disposición de ánimo que se ha generalizado entre los hombres, dada su adoración de la violencia y de la brutalidad imaginaria, si fuese posible desconectar la emisora. Sería, con toda seguridad, el final de la historia humana y de todo el globo terráqueo. -Y usted, respetado profesor Ehwald, tendrá que opinar con nosotros que una humanidad viva sin libertad de decisión moral es mejor que una humanidad que, con toda seguridad, se exterminaría a sí misma, pues para ello seria ya suficiente un único criminal, loco o falto de escrúpulos.

El profesor Dr. Karl-Ludwig Ehwald es catapultado a su propio tiempo. Aquella misma tarde reduce a cenizas, en la chimenea de su estudio, los resultados, esperados por todo el mundo, de su trabajo de investigación de cuarenta años sobre el complejo celular del cerebro humano que en siglos posteriores recibiría el nombre de «hielo negro». No sabe que en la universidad de Heidelberg un joven investigador, basándose en las publicaciones anteriores de Ehwald, descubre en ese mismo instante las mismas células.

jueves, 15 de marzo de 2012

Dinero de la Nada

POCOS TEMAS OCUPAN tantas mentes, o estimulan tantas emociones como el dinero. Esto es en gran parte porque el dinero es un problema aplastante para una mayoría de personas. Una cosa que causa que el dinero moderno sea un problema es la inflación, ya sea si la inflación está subiendo al 3% o 300% anualmente. La inflación, claro, es la situación en que los costos de los bienes, artículos y servicios suben constantemente, debido al valor siempre decreciente del dinero. Esto pasa cuando el suministro de dinero se vuelve más grande en proporción al costo del suministro de bienes y servicios.

El dinero en sí no es valioso; sólo los bienes y servicios que pueden comprarse con él lo son. La riqueza de cualquier individuo o nación, por consiguiente, es ultimadamente determinada por lo que produce en términos de productos y servicios de valor, no por cuánto dinero se imprime, distribuye o sostiene. Una nación realmente podría sobrevivir sin moneda (dinero) mientras fuera productiva de otra manera.

El propósito del dinero es facilitar el intercambio de bienes, artículos y servicios. El dinero es, por consiguiente, una extensión del sistema de trueque. El trueque es el acto de transar algo que uno posee o hace para alguien más. La producción y el trueque son las bases de toda la economía.

Originalmente se crearon las monedas y dinero de papel para ayudar en el trueque. Esto le permitió a la gente hacer trueque sin tener que andar acarreando bienes o artículos, o inmediatamente tener que entregar un servicio. Esto les permitió a los individuos comerciar más fácilmente y ahorrar las ganancias de sus labores para el futuro.

El dinero de papel inicialmente comenzó como “notas de pagarés.” Un pagaré es un escrito que promete pagar una deuda. Una persona escribiría una nota en un pedazo de papel, prometiendo al receptor de la nota una cierta cantidad de bienes, artículos o servicios los cuales el escritor de la nota podría proporcionar a petición.

Para ilustrar, permítanos mirar el siguiente ejemplo ficticio:

Pretendamos que un granjero de pollos que está en el mercado del pueblo y quiere intercambiar un cesto de manzanas. Él no tiene sus pollos consigo, por lo que podría escribir una nota al vendedor de manzanas que titula al portador de la nota llegar cuando quiera a la granja, a escoger dos pollos saludables. El granjero de pollos podría alejarse con su cesto de manzanas y dependería del cultivador de manzanas visitar la granja un día para reembolsar la nota consiguiendo sus dos pollos. Mientras las personas tengan fe en la habilidad del granjero de pollos de honrar sus notas, él podrá usarlos para el intercambio.

Permítanos ahora pretender que cuando se acerca el día, el cultivador de manzanas decide echar una mirada alrededor en el mercado. Él se encuentra con un comerciante de telas. La esposa del cultivador de manzanas ha estado pidiéndole al marido durante días comprar un poco de la nueva seda que acaba de llagar en una caravana del Lejano Oriente. La vida hogareña del cultivador de manzanas ha sido hecha miserable por las incesantes demandas y rechazo de consuelos por parte de la esposa, para que él negocie con el comerciante de telas alguna seda.

El comerciante de telas, sin embargo, no necesita más manzanas, por lo que el cultivador de manzanas, recordando que él tiene una nota para dos pollos, le pregunta al comerciante si él necesita pollos. El comerciante dice que sí necesita, por lo que el cultivador de manzanas le da la nota para dos pollos en trueque por la seda. Ahora depende del comerciante de telas caminar hacia la granja de pollos para reembolsar la nota. Los pollos nunca dejaron la jaula, sin embargo han cambiado dueño dos veces en un día. Este tipo de intercambio fue para lo que originalmente fue creado todo ese dinero del papel; pero, ¿ve usted la tentación que puede causar?

Si el granjero del pollos sabe que pasará algún tiempo antes de que él deba reembolsar sus notas con los pollos reales, o que algunas de sus notas circularán por siempre y jamás llegan a redimirse, el puede estar tentado de emitir más notas de lo que tiene el realmente en pollos, pensando que será capaz de cubrir todas las notas para el tiempo en que regresen a él. La tentación ahora consigue lo mejor del granjero de pollos.

El granjero de pollos tiene una reunión familiar grande que surge y quiere impresionar a sus suegros por una vez, dándoles una opulenta fiesta. Se va para el mercado, donde escribe más notas para pollos que aun no han salido del cascarón, y se abastece a con una abundancia de bienes y artículos de otros comerciantes. Ahora pueden suceder varias cosas.

El granjero de pollos podrá librarse y escapar con esto, siempre que pueda ser capaz de asumir la demanda para los pollos cuando entren sus notas para ser redimidas. Podría pasar otra cosa, y pasa a menudo, y es que él ha saturado tanto el mercado con sus notas de pollo, que la mayoría de las personas simplemente ya no las quiere, por lo que él debe ofrecer aún más gallinas por cada intercambio que hace, para hacer sentir a la gente que vale la pena. Más aun para que en cada comercio, las personas sientan que el intercambio merece la pena.

Ahora, el está escribiendo notas para dos o tres pollos a cambio de artículos por los que previamente sólo tenía que emitir notas para un solo pollo. Como estas notas de pollos circulan, se vuelven menos valiosos, porque hay muchas de ellas. Se origina ahora una viciosa espiral: mientras más notas emita el granjero de pollos, menos valiosas se vuelven, y tiene que emitir más notas para conseguir lo que quiere. Esto es conocido como inflación.


Ahora viene la peor parte.

Con cada vez más notas excedentes, un número creciente de notas empezará a entrar para cancelación. Pronto el granjero verá que su verdadera riqueza, que es su suministro de pollos, se está vaciando rápidamente, aunque sólo una pequeña porción de sus notas haya regresado para cobro. Para conservar sus pollos, él debe disminuir el valor de sus notas, declarando que las notas pendientes ahora sólo son válidas por la mitad de lo que ellas dicen. Esto se llama devaluación.

Puesto que el granjero puede encontrar difícil admitir que emitió muchas más notas que los pollos que él tenía, puede intentar salvar su reputación mintiendo, y diciendo, por ejemplo, que llegó una feroz plaga de pollos que le ha barrido la mitad de su bandada. Eso probablemente no le impedirá volverse bastante impopular. La fe pública en sus notas será destruida. Él, o tendrá que revertir de nuevo al puro trueque, o tendrá que adquirir las notas de alguien más para poder continuar comerciando en el mercado.

Como podemos ver, las notas de papel, o dinero, están arraigados a artículos reales y son una expresión de que el creador de esas notas tiene algo valioso para intercambiar.

En contraste con las notas están las monedas, las cuales funcionaban de diferente manera. Los metales siempre han sido considerados valiosos, y así, los pedazos de metal eran las herramientas convenientes para el comercio. Se imprimieron pedazos de metal con varios diseños, por eso el recibir monedas, y su pureza metálica era garantizada por el impresor. Los valores de las monedas fueron inicialmente determinados por la cantidad y pureza del metal contenido dentro de las monedas. Oro era un metal raro y popular, por lo que las monedas hechas de oro eran más caras y tenía un valor de cambio más alto que, por ejemplo, las monedas de cobre.

Las monedas de metal se volvieron una herramienta popular de intercambio porque eran durables y las cantidades podían ser controladas. Sin embargo, crearon algunos problemas. Realísticamente, las personas sólo estaban intercambiando pedazos de metal a cambio de otros bienes. Esto creó un énfasis desproporcionado en metales. La adquisición de monedas y monedas de metal se volvió una obsesión a una gran cantidad de personas, y tales obsesiones tienden a agotar la energía que sería mejor gastada produciendo otros valiosos bienes y servicios.

El sistema también dio una cantidad desproporcionada de poder a aquellos que poseían grandes cantidades de metales acuñados, aunque otros artículos, como la comida, son finalmente más valiosos. La persona con monedas de metal podía adquirir inmediatamente cualquier artículo o servicio, pero un granjero tenía que primero pasar por el paso intermedio de intercambiar su producto por una moneda o metal de moneda primero antes de de poder tener la misma flexibilidad del gastar.

Monedas de metal se combinaron con notas de papel para crear la fundación de nuestro moderno sistema monetario en el siglo 16. Aquellos que pusieron esta fundación fueron según los registros, los orfebres. Los orfebres normalmente poseían las cajas fuertes más fuertes y armarios con candado en el pueblo. Por esta razón, muchas personas depositaban sus monedas de metal con los orfebres para mantenerlas seguras. Los orfebres emitían recibos a los depositantes, que prometían pagar a los poseedores del recibo la demanda esas cantidades de oro o plata mostrada en los recibos. Cada recibo realmente era una nota que podría circularse como dinero hasta que un poseedor de dicha nota regresara al orfebre para que le reembolsara la cantidad especificada de metal.

Los orfebres hicieron un descubrimiento importante. Bajo circunstancias normales, sólo aproximadamente del 10% al 20% de sus recibos regresaron alguna vez para cancelación en cualquier momento dado. El resto circulaba en la comunidad como dinero, y por una buena razón. El papel era más fácil llevar que las voluminosas monedas y las personas se sentían más seguras teniendo los recibos en lugar de oro y plata reales.

Los orfebres comprendieron que ellos podían prestar los metales no reclamados para cancelación y cargar intereses y ganar dinero de esto, como prestamistas. Haciendo estos préstamos, sin embargo, el orfebre intentaría convencer al prestatario de aceptar el préstamo en forma de un recibo, en vez del metal real. El prestatario, entonces, podría circular esa nota en vez de dinero.

Como podemos ver, ahora el orfebre ha creado “dinero” (sus recibos) por la doble cantidad real de metal que él tiene en su caja fuerte: primero al depositante original, y luego a un prestatario. El orfebre no era poseedor ni siquiera del metal en su caja fuerte, sin embargo, simplemente escribiendo sobre un pedazo de papel, alguien ahora le debe dinero por el valor entero del oro en su caja fuerte. El orfebre podría continuar escribiendo sus notas mientras las cuentas entrantes para cancelación no excedieran sus depósitos reales de metales preciosos.

Típicamente, un orfebre emitiría notas de cuatro a cinco veces más de su suministro real de oro.

Tan rentable como pueda haber sido esta operación, había algunas trampas en ella. Si regresaban demasiado rápido las notas, al orfebre, para cancelación, o los prestatarios del orfebre eran lentos para reembolsar, el orfebre estaría barrido. La credibilidad de sus notas sería destruida. Sin embargo, si el orfebre ejecutara su operación cautamente, él podría volverse bastante adinerado sin producir ni siquiera algo de valor.

La injusticia de este sistema es obvia.

Si para cada saco de oro que el orfebre tenía en depósito la gente ahora le debería el equivalente a cuatro sacos, alguien tenía que perder. Al aumentar la deuda pública al orfebre, más y más riqueza y recursos se le debían a el. Puesto que el orfebre no estaba produciendo ninguna verdadera riqueza o recursos, sino que estaba exigiendo una porción cada vez más incrementada de ella, por sus notas de papel, el fácilmente se volvió un parásito de la economía. El inevitable resultado era el enriquecimiento del cuidadoso orfebre-convertido-en-banquero, a costa del empobrecimiento de otras personas en la comunidad.


Ese empobrecimiento se manifestó, o en la necesidad de que las personas dejaran cosas de valor o en su necesidad de esforzarse para crear la riqueza necesitada para reembolsarle al banquero. Si el orfebre no tuviera cuidado y estallara su burbuja monetaria, las personas alrededor de él sufrieran de todos modos, debido a la ruptura causada por el colapso de su banco y la pérdida del valor de sus notas todavía en circulación.

Ese fue el nacimiento de la banca moderna. Muchas personas sienten que es un sistema inherentemente deshonesto. Lo es. Es también social y económicamente desestabilizador, aun así, todos los sistemas bancarios y monetarios mundiales hoy operan en un sistema basado en una íntima variación del sistema que acabo de describir.

Por el siglo 17, la casa bancaria de los Medici en Italia propuso la idea de usar oro como el artículo en el cual iba a estar basado todo el dinero de papel. El oro fue aclamado como la base perfecta para las notas de papel, debido a la escasez y conveniencia del oro. Éste fue el principio del “estándar del oro” en la cual todos los bienes y servicios eran valuados en relación al oro (y a veces la plata).

El estándar del oro era ciertamente una idea terrífica para aquellas personas que poseían oro y plata suficiente, pero creó una confianza artificial en un artículo que realmente no es tan útil como muchos otros productos. Basar un sistema monetario entero en un solo artículo es mejor que basarlo en ningún artículo, en absoluto pero incluso las notas del papel bajo estándares de oro excederán por lejos los metales usados para respaldarlas. La mejor solución es arraigar firmemente el suministro de dinero en el valioso rendimiento entero de una nación para que el dinero actúe como un reflejo exacto de ese rendimiento.

Una vez fue creado el estándar del oro, se pensó que las notas de papel eran “tan buenas como el oro” porque las personas podrían cambiar las notas por oro real. Esto creó un falso sentido de seguridad. Como cada vez más notas de oro entraban al mercado, se volvieron gradualmente con cada vez menos valor, produciendo una firme inflación. Los banqueros/dueños del oro tenían que seguir emitiendo un arroyo constante de notas porque así es cómo ellos obtenían sus ganancias.

Mientras los banqueros planearan cuidadosamente y las personas mantuvieran su fe en las notas, los escritores de dichas notas podrían quedarse fuera de la inevitable inflación que ellos crearon y hacer una enorme ganancia de ellas. Si, por otra parte, ellos emitían una superabundancia, y regresaban demasiadas de sus notas para cancelación, ellos podían, como un último recurso, devaluar las notas para salvar su oro.

En este modo, el excesivo dinero de papel, incluso bajo el estándar del oro, se volvió una fuente de riqueza y poder para aquellos titulados para crear el dinero. También generó deuda a enorme escala, porque la mayor parte de las notas de oro (dinero) “creadas-fuera-de-la-nada” fueron soltadas en la comunidad como préstamos reembolsables a los banqueros. Si las personas no pidieran prestado de los banqueros, el poco nuevo dinero entraría en el mercado y la economía se haría más lenta.

Este método de crear dinero claramente destruyó el verdadero propósito del dinero: de representar la existencia de artículos reales intercambiables. El dinero de papel devaluable le permite a unas pocas personas absorber y manipular mucha verdadera riqueza que son los artículos valiosos y servicios que la gente produce, simplemente a través del acto de imprimir papel y luego ir lentamente destruyendo el valor de ese papel con la inflación. Causa que el dinero se vuelva su propio artículo (bienes) el cual puede ser manipulado en sus propios términos, usualmente al detrimento del sistema de producción y cambio. El dinero originalmente era para ayudar al sistema, no para dominarlo y controlarlo.

El sistema de dinero de papel devaluable descrito anteriormente era la nueva “ciencia” para los nacientes clanes bancarios, de los cuales el mas importante fue establecido en Holanda en 1609. Ése fue el año en que las fuerzas holandesas y españolas firmaron una tregua suspendiendo las hostilidades de la Guerra de los Ochenta Años. La tregua marcó el nacimiento de la República holandesa independiente y la fundación del Banco de Amsterdam en el mismo año.

El Banco de Ámsterdam, de propiedad privada, operaba con el sistema de dinero de papel devaluable, descrito anteriormente. Este fue manejado por un grupo de financieros que agruparon algunos de sus metales preciosos para formar la base de recursos del Banco. Por acuerdo anterior con el nuevo gobierno holandés, el Banco ayudó a las fuerzas holandesas a reasumir las guerras contra España, emitiendo notas excedentes en más de cuatro veces la base de recursos del Banco. Los magistrados holandeses pudieron, entonces, recurrir a tres cuartos del dinero “creado-de-la-nada” para financiar el conflicto.

Esto revela la razón principal de porqué fue creado el sistema de dinero de papel devaluable: permite a las naciones luchar y prolongar sus guerras. También hace que la lucha humana por la subsistencia en una economía moderna sea más difícil, debido a la masiva deuda y a la absorción parasitaria de riqueza que causa el sistema. Además, la continua inflación reduce el valor del dinero, erosionando el patrimonio ahorrado de las personas y disminuyendo su poder adquisitivo.

El éxito inicial del Banco de Amsterdam animó arreglos similares de banca en otras naciones. El vástago más notable era el Banco de Inglaterra, fundado en 1694. El Banco de Inglaterra estableció el modelo para nuestros bancos centrales de nuestros días, refinando el sistema de dinero de papel devaluable de Holanda. Como consecuencia, el sistema de Banco de Inglaterra, se extendió de nación a nación, a menudo respaldando revoluciones, guerras y dirigiendo el curso de las naciones en la era Industrial Moderna.